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Arzobispo de Bogotá 3

Alfonso López de Avila

Alfonso López de Avila

25 noviembre 1591 - 30 diciembre 1591

Alonso López De Ávila (o Dávila) († 31 de diciembre de 1591)

Arzobispo nombrado de Santafé
La historia de Alonso López Dávila ocupa un lugar singular entre los prelados de la Iglesia de Santafé, pues fue designado para gobernar la Arquidiócesis, pero la muerte le impidió tomar posesión de ella. Su figura permanece así como la de un pastor esperado, cuya reputación de sabiduría, rectitud y celo apostólico precedió su llegada, aunque nunca alcanzó a ejercer personalmente el gobierno de la sede metropolitana.

Natural de la villa de Albornos, en Castilla la Vieja, dentro de la actual diócesis de Ávila, pertenecía a una familia de noble linaje. Desde joven destacó por su formación intelectual y jurídica, alcanzando el grado de Doctor in utroque iure, es decir, en derecho civil y canónico. Los testimonios de la época lo describen como un hombre de gran virtud, firme en sus convicciones, celoso defensor de la fe y, al mismo tiempo, de trato afable y profundamente humano.

Su trayectoria eclesiástica estuvo marcada por una constante sucesión de responsabilidades de creciente importancia. Fue primero colegial en Osma y posteriormente en Valladolid, centros donde consolidó su prestigio académico. Más tarde fue llamado a desempeñar los cargos de Provisor y Vicario General del Arzobispado de Santiago de Compostela, donde adquirió reconocimiento por la prudencia y eficacia con que administró los asuntos eclesiásticos.

Su buen nombre llegó a conocimiento del rey Felipe II, quien lo promovió al cargo de Inquisidor de Córdoba. Allí ejerció con notable rigor jurídico, amplia erudición y reconocido celo religioso. Las fuentes antiguas destacan que supo combinar la defensa de la doctrina católica con una conducta ejemplar, cualidades que lo llevaron a ocupar responsabilidades aún mayores dentro de la Iglesia española.

Como culminación de aquella carrera fue elegido Arzobispo de Santo Domingo y Obispo de La Vega, en la isla Española. La bula de nombramiento fue expedida el 14 de marzo de 1580, y el palio le fue concedido pocos días después, el 23 de marzo de 1580. Tras recibir autorización real para viajar a América, partió de España el 29 de julio de 1581. Durante los años que gobernó aquellas iglesias americanas se distinguió por su preocupación por la disciplina eclesiástica, la promoción de las letras y el fortalecimiento de la vida religiosa en una provincia que atravesaba momentos de relajación institucional. Los cronistas coinciden en señalar que trabajó activamente por restaurar el prestigio de las instituciones eclesiásticas y fomentar una vida cristiana más sólida.

La fama de su gobierno llegó también a la Corona. Confiando en su prudencia y capacidad administrativa, el rey le encomendó la visita de la Real Audiencia de Santo Domingo, una misión particularmente delicada que exigía independencia de criterio y gran autoridad moral. Las fuentes conservadas afirman que desempeñó esta responsabilidad con acierto y exactitud, mereciendo la plena satisfacción del monarca.

Entretanto, la Arquidiócesis de Santafé permanecía vacante tras la muerte de Fray Luis Zapata de Cárdenas. Considerando las necesidades de aquella importante sede metropolitana, Felipe II lo presentó el 12 de enero de 1591 como nuevo arzobispo. El nombramiento pontificio fue expedido el 29 de noviembre de 1591, confirmando oficialmente una designación que ya era conocida desde meses atrás. Todo parecía indicar que la Iglesia de Santafé recibiría un pastor de amplia experiencia, probado gobierno y reconocida autoridad.

Sin embargo, el destino dispuso otra cosa. Mientras realizaba la visita de la Audiencia de Santo Domingo comenzó a resentirse gravemente de salud. Las exigencias de aquella misión, unidas a las tensiones propias de los asuntos que debía resolver, minaron progresivamente sus fuerzas. El 29 de diciembre de 1591, consciente de la gravedad de su estado, otorgó poder para testar en su nombre al presidente de la Audiencia y a uno de sus oidores.

Dos días después, el 31 de diciembre de 1591, falleció en Santo Domingo sin haber podido emprender el viaje hacia Santafé. Paradójicamente, el palio correspondiente a su nueva dignidad metropolitana sería concedido en consistorio el 8 de abril de 1592, cuando el prelado ya había muerto. Su cuerpo recibió sepultura en la ciudad de Santo Domingo, donde había desarrollado los últimos años de su ministerio.

Las crónicas antiguas sugieren que el arzobispo pudo haber sucumbido no solo a la enfermedad física, sino también al profundo desgaste ocasionado por las dificultades de la visita que realizaba. Un antiguo manuscrito de la Catedral de Santafé lamenta que, a causa de aquella muerte prematura, el Reino de la Nueva Granada perdiera la oportunidad de beneficiarse de un pastor excepcional, dotado de notables virtudes humanas, vasta formación jurídica y profunda vida cristiana.

Así, Alonso López Dávila ocupa un lugar particular en la sucesión de los prelados santafereños: fue un arzobispo legítimamente nombrado, pero nunca posesionado. Su memoria quedó asociada a la expectativa de un gobierno que no llegó a realizarse, aunque su prestigio como hombre de letras, administrador íntegro y eclesiástico ejemplar fue suficiente para que las generaciones posteriores lo recordaran como una de las figuras más prometedoras llamadas a regir la Iglesia de Santafé a finales del siglo XVI.