En el templo Jubilar de San Wenceslao se celebro el Jubileo de los sacerdotes de la Vicaria Episcopal San Pedro, al celebracion Eucaristica estuvo presidida por Monseñor Alberto Ojalvo Vicario Episcopal de esta vicaria del norte de nuestra ciudad region de Bogota.
La gran mayoria de los sdeñores parrocos, algunos vicarios y sacerdotes adscritos estuvieron presentes en esta celebracion que estuvo acompañada por unos ochocientos feligreses que se hicieron presentes para acompañar a sus sacerdotes.
A continuacion compartimos el texto de la Homilia pronunciada por Monseñor Alberto Ojalvo:
"Esta es la hora de la misericordia de Dios para con nosotros sus ministros ordenados, es el tiempo de la gracia y del perdón a la pena que han merecido nuestros pecados.
El sacerdote en su más íntima condición es ministro de la misericordia”, esa condición la hemos experimentado multitud de veces, cuando tantas veces nos hemos inclinado para pedir perdón por nuestros pecados reconociéndonos con humildad pecados en el sacramento de la penitencia, cuando ejercemos este ministerio del perdón y de la reconciliación en nuestras parroquias, y quizá podemos hacer memoria de un sin número de personas, que hemos confesado reconciliándolas con Dios, a quienes hemos atendido siendo instrumentos, y canales de misericordia del padre en ellos.
La misericordia del padre, sobre nuestra propia vida, sin mérito alguno, nos llamó y nos vocacionó regalándonos el don y la gracia de la ordenación sacerdotal, es ahora al vivir como sacerdotes, con asignación de cargos, cuando podemos reconocer las flaquezas, las debilidades y hasta las sombras y oscuridades que acompañan nuestra vida y ministerio, las miserias que son permanentes y aquellas que son apenas esporádicas, en ambos casos han ocultado el rostro misericordioso de Dios en fieles.
Hagamos memoria agradecida de Dios padre misericordioso, en cada uno, cuanta paciencia, compasión y clemencia con nosotros, es el Dios que ha hecho en el pasado camino en nuestros etapas de la vida, y en el presente de un ministerio que hace visible a Cristo, y nos invita a ser pastores del pueblo de Dios, con un pastoreo en Salida, para encontrar a esos hombres y mujeres cuyos rostros de todas las edades y condiciones que se encuentran en nuestra vicaria episcopal de san Pedro, pero de manera particular con rostro en nuestra parroquias, donde podemos leer sus angustias, tristezas, y ver las heridas causas por la violencia, y la desesperanza, la guerra, y secuestro, la extorsión y la amenaza, la muerte de tantos anónimos y la miseria que muestra la pobreza humana y social de habitantes que ambulan por las calles de esta ciudad que nos acoge a todos, las huellas de distintos flagelos que han entrado a todos los hogares para dividir la familia, dejándola postrada y arrebatándole sus sueños de una nueva patria, ante este panorama de tristeza, no perder la esperanza del evangelio que llevamos con nuestro trabajo, la entrega cotidiana de nuestra vida y con la firme confianza de la misericordia de Dios, capaz de re hacer el tejido humano, y el entramado de nuestras relaciones, acercándonos a la iglesia de la sombra, a la iglesia que sufre, a la iglesia que está alejada e indiferente a la palabra y la predicación.
Al hacer una mirada en nuestras comunidades cuantos rostros de fieles no conocemos, no tenemos conciencia de ellos, ni conocimiento de su situación, de sus problemas, necesidades, angustias, de sus alegrías, y esperanzas, no conocemos sus sueños, y sus ilusiones. Son esos fieles que nos fueron entregados a cada uno como parte de la iglesia particular para animar, para acompañar, mostrarles que Jesús es Camino, Verdad y vida, volver después de este jubileo misericordioso, para hacer procesos de crecimiento en la fe y compartir con ellos la adhesión a Cristo, es con ellos con quienes hacemos que la gracia de Dios de fruto abundante en nuestras comunidades.
Es en cada una de nuestra comunidades donde se nos llama a vivir la misericordia del padre, encontrando la oveja perdida, teniendo la mano para hacer puente, y siéndonos sensibles a los alejados, indiferentes, a los que no creen, acercar a quienes tienen diferencias con nosotros, una porción de la comunidad, no nos conoce, no recibe de nosotros la predicación de la palabra, hay un grito silencioso de la comunidad que nos clama y reclama, signos de esperanza, y de conversión, de renovar la misión, para anunciarles el kerigma, y mostrar a través del párroco y de cada sacerdote que nos apoya el rostro de Jesús.
La familia tiene que ser principalmente nuestra diaria preocupación, como llegar a cada uno de los miembros de la familia, iglesia doméstica, en ella o en distintos escenarios de la vida parroquial, para congregar, para apacentar y para mostrar a Cristo como camino, Verdad y vida.
Corremos siempre el peligro de acomodamos en el ministerio, o tantas veces de excluir, de cambiar, de apartar, de mandar, de enjuiciar sin misericordia a los fieles, en la parroquia, aquí es cuando recordamos al Papa Francisco “Nada une más con Dios que un acto de misericordia, agrego el Papa, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, experiencia única, personal, que renueva nuestro ministerio, o ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre”.
En esta experiencia de ganar el jubileo, tomemos conciencia que “la misericordia nos impulsa a pasar de lo comunitario a lo personal”, en la conversión, primero yo, en el cambio de mentalidad, en pasar de pastoral de conservación, de acomodo, a una pastoral misionera, de siembra, de regar y cuidar la semilla de la fe y de la palabra de Dios sembrada en los niños, en los jóvenes y en los adultos.
De priorizar en la vida personal y en el ministerio la comunidad, los intereses y necesidades de los fieles, de asumir hasta la entrega ultima, la permanente disposición para atender, para compartir sus problemas, tantas veces que delegamos, que nos presentamos siempre muy ocupados, que no aparecemos, que nos guardamos con corazón de piedra, cayendo en la indiferencia, que es el pecado de la postración en la sombra del maligno, en la indiferencia a la vivencia de un sacerdocio ministerial, movido por la alegría, y vivirse siempre en función de los fieles.
En este jubileo que nos une como presbiterio de la Arquidiócesis de Bogotá, y como Vicaria episcopal de San Pedro, solo una petición desde lo más profundo de nuestro corazón con la intención de colocarnos en el plano de la misericordia del padre por supuesto sin merecimiento alguno de nuestra parte, porque nos acompaña el pecado, y la ausencia de la gracia en tantos momentos que aprendamos a discernir en nuestra vida, y de manera particular en nuestra parroquia, los signos de los tiempos en clave de «qué obras de misericordia están necesitando hoy nuestros fieles,», para poder sentir y gustar al Dios de la historia que camina con rostro visible en medio de la comunidad parroquial. Cada salida, cada proceso formativo, nos hace ver el rostro del resucitado.
