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13-ago.- jueves de la 19.ª semana del T. O.

«El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, nos permite vivir así, ser así: personas capaces de perdonar siempre [...]»

«Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor». Parte de la respuesta que damos es uno de los salmos. Despertar a un nuevo día, a un nuevo amanecer, llenos de confianza y de amor en ti es comenzar a contemplar tu rostro de radiante y misericordioso. 

Hoy la invitación en tu palabra es llevar un lema que ojalá sea realidad en la vida de cada uno de nosotros: «Perdonar es en sí mismo un acto divino». En estas frases tan hermosas que nos regalas, Señor, está la razón de ser de ese perdón divino, cuando de corazón hemos sido capaces de perdonar; perdón y olvido es lo que tenemos que aplicar en nuestra vida con un perdón que nace en el corazón sincero y que olvida las ofensas:  «No he venido a condenar sino a perdonar»; «Hay fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente», «El que esté sin pecado que tire la primera piedra», «He venido a llamar a los pecadores», «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas»…

Escuchando la pregunta de Pedro, tu respuesta es mucho más hermosa y salida de tu corazón: «No te digo, Pedro, que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Pero a nosotros ¡cómo nos cuesta perdonar…! Resulta imposible si no dejamos espacio para que actúe la gracia, si no entramos dentro, si no miramos como nos ves, si no iniciamos un proceso largo… si no descubrimos la divinidad de las personas. Desde luego, no es un sentimiento ni una emoción. Y, sin embargo, cuanto más conscientes seamos de que somos agraciados por la misericordia sin límites que tienes por nosotros, más libres seremos para perdonar a quienes nos ofenden. 

La parábola del “rey perdonador” tiene como mensaje tu perdón gracioso y amoroso y la condición de que quien ha sido perdonado, perdone a su vez, para no anular la sentencia favorable que sobre él se ha dictado. Habla de la inmensidad de tu donación entregándote a sí mismo a nosotros, entre otras formas en la de perdón generoso. Pero nos exige amar al sentirse amado y una capacitación para perdonar al sentirse perdonado. Somos nosotros los que debemos descubrir ese amor y ese perdón y actuar de la misma manera. Ayúdanos, Señor, a tener fortaleza de corazón y una voluntad irresistible hacia el perdón porque lo más hermoso es cuando nos abrazamos y somos capaces de decir: “te perdono porque tú me has perdonado”. 

Un muy feliz y reconciliador jueves vocacional. 

No olvidemos seguir orando por nuestras familias, en especial las que pasan estas necesidades a causa del terremoto; nuestro corazón siga siendo generoso en oraciones y en ayudas para nuestros hermanos, que lo han perdido todo. Pensemos que cualquier monedita o una panelita y una libra de arroz sirven para aliviar el hambre de todos hermanos. Los abrazo y los bendigo de corazón.

Palabra del Papa

Te pido perdón, Señor, por las veces que no he sabido perdonar cuando Tú no tienes límites al perdonarme. Te pido que me ayudes a comprender la debilidad del hombre. Dame un corazón grande, un corazón bondadoso. Que nunca ofenda a nadie y que todos puedan recibir consuelo en él. Dame, Jesús, unos ojos misericordiosos que se compadezcan de las necesidades del prójimo, y dame una lengua que siempre hable bien de los demás y de la que nunca salgan palabras duras. Dame la gracia de tener ese corazón tuyo. Que nunca me canse de perdonar y que siempre esté dispuesto a sufrir por mis hermanos. «El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, nos permite vivir así, ser así: personas capaces de perdonar siempre; de dar siempre confianza, porque estamos llenos de fe en Dios; capaces de infundir siempre esperanza, porque estamos llenos de esperanza en Dios; personas que saben soportar con paciencia toda situación y a todo hermano y hermana, en unión con Jesús, que llevó con amor el peso de todos nuestros pecados. (Homilía de S.S. Francisco, 14 de febrero de 2015).

Te pido perdón, Señor, por las veces que no he sabido perdonar cuando Tú no tienes límites al perdonarme
ORACIÓN 

Señor, Tú sabías muy bien que el perdón era totalmente necesario para la vida de comunidad. Por eso, en la oración del Padre Nuestro nos dijiste que teníamos que pedir cada día el pan: el pan material para “vivir” y el pan espiritual del perdón para “convivir”. Es imposible una vida de comunidad sin capacidad de perdonar. Señor, dame el don de saber perdonar de corazón a mis hermanos.

Reflexión 

Dentro del capítulo 18 sobre la “vida de fraternidad” el Señor ha insistido mucho en la necesidad del perdón. La razón es muy sencilla: Todos somos limitados, todos somos pecadores, todos nos equivocamos. Ante esta aplastante realidad, ¿qué podemos hacer? ¿Esforzarnos para evitar todo error, toda caída? Esto, además de llevarnos a una falsa humildad, no lo podríamos evitar dada nuestra situación de personas frágiles, débiles, limitadas. La única manera de salir de este atolladero es fomentar una gran capacidad de perdón. Pero no sirve una reconciliación superficial, se necesita una reconciliación “de corazón”. No bastan las palabras ni siquiera las buenas intenciones. No hay duda de que san Pedro tenía buenas intenciones cuando estaba dispuesto a perdonar “hasta siete veces” y sabemos que el siete es un número que indica perfección. Jesús le habla no de siete veces, sino de “setenta veces siete”. Es como si Jesús le dijera: Pedro, ¿me pides una medida para el perdón? Te la voy a dar: “Hay que perdonar sin medida”.  Y para que esto lo entienda bien le propone una parábola de la “desmedida”. El rey le perdona al empleado “diez mil talentos”. Esto equivaldría a TRESCIENTAS CINCUENTA TONELADAS DE ORO. Y lo que ese empleado no está dispuesto a perdonar a su pequeño deudor equivaldría a TREINTA GRAMOS DE ORO. Lo que el Señor quiere dejar bien claro, a la hora del perdón, es que “no miremos las pequeñas deudas que unos a otros nos debemos”, sino la inmensa deuda que todos debemos a Dios. Si Dios nos perdona todo, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura, ¿Cómo vamos nosotros a tener una cara tan dura para no perdonarnos nuestros fallos que, por grandes que nos parezcan, siempre son pequeños e insignificantes, comparados con todo lo que le debemos a Dios?

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.